Presentamos una selección de textos de la joven poeta española Paula Díaz Altozano (Madrid, 1990). Becaria de Doctorado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid. Licenciada en periodismo y grado profesional de música (piano). Máster en Comunicación Política (UCJC). Becada por el programa Erasmus + prácticas para residir en París y por Acciona para estudiar el máster de la Escuela SUR de Profesiones Artísticas, con sede en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ganadora del primer premio del ‘VIII Certamen Literario de Relato Alonso Zamora Vicente’ (Universidad Nebrija) y finalista del ‘IX Certamen universitario de relato corto Jóvenes Talentos Booket-Austral’. Autora de los poemarios ‘A orillas de París’ (Ediciones En Huida, 2018) y ‘Ríos de carretera’ (Bajamar, 2019), y del capítulo de libro ‘Los murales de Shepard Fairey en París’ (Peter Lang, 2019).
 
 
SELECCIÓN DE SIETE POEMAS DEL POEMARIO ‘A ORILLAS DE PARÍS’ (EDICIONES EN HUIDA, 2018).
 
 
 
ESTA CALLE
 
Esta calle iluminada
por soles artificiales
debe repetirse
en los confines del Universo,
 
porque no es posible,
 
no puedo concebir que esta calle
lluviosa en la noche
acabe a la vuelta de la esquina.
 
Voces al otro lado de la pared,
comercios cerrados, paseantes que
van a encontrarse
en la bruma
a las afueras del péndulo.
Y sin embargo,
más allá acaba
esta calle, allí donde las estrellas
explotan en polvo cósmico,
nacen otras y todo gira, a través
de estallidos de roca y fuego
hasta llegar al murmullo
de hace millones de años,
 
a los ecos del origen del tiempo
 
y de esta calle.
 
 
LOS AMANTES
 
Allá donde el río
se evapora
las estrellas espejean.
Policromo; corre agua negra
y al pasar bajo el rosetón se
bifurca en dos brazos.
Bruma.           
 
            Labios mojados en un beso de agua turbia.
 
Viento entre la ropa:
desdibuja edificios y
sonroja a las estatuas.
 
 
 
TIERRA CELESTE
 
Creo en Dios en la Tierra.
 
Una bandada de gaviotas cruza la
ventana,
desaparece
lejos del vino y las conversaciones,
y detrás, la Señora     
                                    canta los ecos del tiempo.
 
Yo creo en la tierra,
en la corriente del río que no espera.
 
Son tantas las lápidas, que
forman una losa
con apenas hierbajos en las juntas.
 
Golpeo con mi puño el suelo
y los muros tiemblan. Veo rostros,
ojos que miran las costas de África.
            Las cámaras
escupen en negativo,
el vapor inunda barcos-restaurante,
luces perpetuas de redención.
 
Ahora hay una plaza, dice,
allí donde estaba el cementerio
pero mantiene el nombre.
 
Las bambalinas del río están
cargadas de borrachos,
pero al llegar la mañana,
las botellas lucen en el contenedor
esperando
hacerse trizas,
sus brillos ciegan la mirada
de los que compran pan.
Muchos son
los que han pasado. Sus huellas, cada línea de su piel,
siguen en los vasos de licor.
Todo vuelve,
todo resurge.
Los glaciares tienden sus brazos a la tierra,
desean tocar la grava, mancharse
el hielo de polvo.
Y en el fondo del océano
hay perlas que fueron ojos.
 
 
UN SOPLO
 
 
El cuervo revolotea
sobre patios y tejados
azules.
 
Su graznido
 
atraviesa el cristal de
la oficina,
 
lo siento
como un acorde
sobre mi piel.
 
 
À MON SEUL DÉSIR
 
En este viaje de invierno
que recorro
una brújula señala
al norte en mi pecho.
 
He golpeado las cuerdas
en el bosque, he probado los frutos
y he ofrecido ¿o me he quedado?
la piedra evaporada que mis dedos
rozaron, cerca del león
que me tiende sus garras,
del unicornio que encontré
cuando buscaba en las calles.
 
A mi único deseo.
 
Todos los hilos
cosidos a mi cuerpo forman
un mapa de flores, aves, perros
parlantes. Suspendida en este
océano sonrío
a todas las doncellas
que me han superado, a las mujeres
que tejieron conjuros
en la rueca.
No cortéis el hilo.
 
A mi solo deseo.
 
 
EN LA PROA
 
 
Asomada a mi balconcito francés
siento la marea
que hincha
la cortina, la sal en mis mejillas,
 
cuando el faro rompe la noche.
 
 
EL DESHIELO
 
 
Las casas
son hielo derretido, muerte de palomas,
rasguños en el alféizar.
Las casas son venas,
cañones ante los que el jinete
se arrodilla.
Las casas son cangrejos imaginados, la voz del niño
que patalea, notas azules
de un piano.
La casa.
 
La casa saca cosas
de cajones que dan vértigo. Los habitantes
dan gracias a las tejas, a los canalones que recorren
sus gargantas
y los obreros rezan
para que el atardecer no queme su vista cansada.
Manos arrugadas acarician
casas que se desmoronan en susurros,
pelusas de perro, nebulosas.
¿Dónde está el mar?
Muchos lo buscan guiados
por bocinas y maullidos de gaviota
pero solo encuentran
monedas, moluscos secos.
Las paredes se desprenden y el agua helada
 
despierta
a quienes aún no se atreven a beber el río.
 
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