Santa Rabia Magazine presenta una selección de poemas de la argentina Marisa Martínez Pérsico (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 1978). Poeta, investigadora, traductora y profesora universitaria radicada en Italia en 2010. Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y doctora en literatura española e hispanoamericana por la de Salamanca. Ha traducido a los poetas italianos Valentino Zeichen, Tiziano Fratus, Stefano dal Bianco, Simone Consorti y Alessio Brandolini. Sus poemarios: Las voces de las hojas (1998, Ediciones Baobab, Buenos Aires, primer premio en el Certamen Río de la Plata II con el auspicio de la secretaría de cultura de la Nación Argentina), Poética ambulante (2003, Edición antológica del Instituto Cultural del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, La Plata, seleccionada en el certamen Arte Joven de la Provincia), Los pliegos obtusos (2004, Edición antológica del Instituto Cultural del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, La Plata), La única puerta era la tuya (2015, Verbum, Madrid, finalista premio Pilar Fernández Labrador en Salamanca) y El cielo entre paréntesis (2017, Valparaíso España, Granada). Se encuentra en prensa su poemario Principios y continuaciones. En 2018 se publicó su primera novela, “Las manos en la madre”, por RIL Ediciones (España/Chile/Colombia). Es investigadora correspondiente del CONICET en Italia y coordinadora de la comisión de Humanidades y Ciencias Sociales de la RCAI (Red de Científicos Argentinos en Italia – Programa Raíces del Ministerio de Cultura de la Nación). Desde 2014 dirige en Roma la revista Cuadernos del hipogrifo. A los 17 años recibió el premio de ensayo literario otorgado por la UNESCO en conmemoración a la caída en batalla de José Martí, que implicó una estancia en Cuba, así como el premio de ensayo sobre pensadores nacionales otorgado por la Universidad de Lanús, por sus investigaciones sobre Leopoldo Marechal. Ha editado y prologado a Luis García Montero, Joan Margarit y Leopoldo Marechal.   
 
 
DESNUDO SENTADO EN UN DIVÁN (MODIGLIANI, 1917) 
 
Sigiloso en la insolencia de tus años
con un gesto dijiste 
que estábamos 
a tiempo, todavía.
 
Caminan por el lienzo vacío de tus ojos 
alacranes perfectos, 
sin pinzas del dolor. 
 
Junto al interruptor tu puño contra el mío
con el ímpetu 
que solo puede dar 
lo que es verdad.
 
Efímeras criaturas, 
medusas con espigas irisadas en un lago inasible
donde un ciervo bebía tu sudor
y de tu brazo 
saltaba hacia otro bosque 
tatuado por mi piel.
 
Rodé bajo la cinta sin bordes de tu lengua.
 
Este bastarse a sí mismo del instante
porque todo 
lo que cabe en un rayo 
es infinito.
 
Fue tan real el desnudo
que si «ser» es decir «ser percibido»
nos trajimos al mundo por el tacto.
 
Regreso a las pisadas que llevan al origen 
escarbando tu cuerpo. Sangro heridas 
abiertas de lenguaje por vértebras de niebla,
paredes sin espejos que refractan latidos 
como grietas de cal.
 
Después,
serenidad que se desborda,
que diluye su calma 
de fieras en reposo.
 
El deseo es un pantano escurridizo
pero voy a pensarte 
por encima 
de esta duración. Si tropezara 
en la nieve, la memoria 
traería un alarido.
Volvería mi mente a reencontrarte 
en este corto vaivén.
 
Cuando te vayas,
cuando digas «adiós» pero pronuncies, 
incrédulo, «hasta luego»,
con esa luz que sabe dar solo la noche,
podré pintar, por fin, tus ojos.
 
(2018)
 
*
 
Écfrasis libre de un óleo de Amedeo Modigliani: ‘Nudo seduto su un divano’ (1917)
 
 

 
 
MEDITACIÓN NOCTURNA
 
Asomados a las vías ferroviarias 
desde lejos la vida nos parece 
un estupor de agendas, 
de vagones con guardas imprevistos, 
de meneos de campo y de ciudad.
 
Pero bastan las curvas de la noche 
para anclar hacia dentro 
y en su pulso de sílabas dormidas 
auscultar lo que importa, la presencia
de una hija en su cuarto 
o explicarse un adiós.
 
Será porque la calma anida en los tendones con vocación de espejo 
y restituye el color a los olvidos. 
Nos da la cifra exacta 
que se ajusta a un dolor.
 

 
TUTORIAL DE PEINADO 
 
Mientras toco, María, tu cabeza de niña  
y por la toalla desciende una cascada de cabellos mojados pienso: «para que este amor suceda debió existir un hombre». Así, 
la estampa familiar de dos mujeres consagradas al rito del peinado es masculina, también.
 
Ya lo dijo Platón en su Banquete.
Hemos perdido, María, el instinto de unidad. 
Basta ver los periódicos. 
La muerte, el abuso, las faldas por el piso. 
 
Un día sabrás peinarte sola.
Sabrás caer a tierra y levantarte, 
como este cepillo.
El secador de pelo será melancolía 
de una madre prudente que olvidar con la urgencia 
de una cita de amor.
 
Que el mundo del futuro te sea más liviano. 
No verán ese reino 
los peines de esta casa.
 

 
NO HABLEMOS DE LOS AÑOS
 
La mano que me pongo cada día
es la mano que tocó tu frente,
la piel que vestiste con tu tiempo,
nudo de luz 
que baja de tu abrazo.  
 
Afuera las noticias golpean a los ojos.
Niños que se han quedado niños para siempre. 
Amigos que se van con el invierno.  
Ancianos con un mapa 
de niebla en los bolsillos. 
Enteras existencias sin ningún sobresalto. 
 
No digamos futuro.
Los pactos son mentiras con los ojos abiertos.
 
Detrás de las cortinas,
una arboleda grita de amarillo 
como en una pintura de Vlaminck.
 
Deja que se acomode 
a ese cuadro la vida. Que las hojas 
elijan la forma del verano.  
 

 
LAS MANOS EN LA MADRE
 
Un hombre 
golpea a una mujer 
en mi memoria. 
 
Desde entonces, la infancia 
es un mundo sin Dios.
 
Veo las nubes,
el modo en que inclina la fuerza de sus brazos, 
la voz de la mujer y una tormenta 
que arruina mis paisajes. 
 
¿Cómo dudas 
que exista la huella del vacío?
Yo remiendo costuras en mis sueños 
desde aquel estupor.
 

 
NIÑA CON CUADERNO
 
[La poesía no hace nada.
Y yo escribo estas páginas sabiéndolo.
 
Marco Antonio Campos]
 
 
Ella acuna su miedo 
con un canto futuro.
Un papel sin heridas ni establos mutilados.
Sin encías cortadas 
como barcas de polvo.
 
No la turba
si van a fabricar 
correas transmisoras 
o a sellar submarinos 
con su pelo. 
 
Contra el plomo y las flores 
continúa escribiendo.
 
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