Santa Rabia Magazine presenta una selección de poemas de la poeta panameña Mariafeli Domínguez S. (1960) Escritora y Catedrática Universitaria. Obtuvo el Premio literario Pablo Neruda en el año 1981, en la sección cuento, con la serie de relatos titulado Oquedades. Posteriormente, en 1991, obtiene el Premio de Poesía Gustavo Batista Cedeño con la obra Los presagios necesarios, de los que se ha dicho que es un libro de gran lucidez poética concebido en el lenguaje sencillo y transparente. En el año 2009, obtiene una mención de honor en el concurso Nacional de cuento, José María Sánchez con el libro de relatos titulado Parturiens y otros relatos y microrrelatos.  Ha publicado, en 1995 un libro de ensayos titulado De la literatura y otras complejidades, en las que ensaya una mirada a la literatura panameña. Con la serie Cuadernos literarios de la Universidad de Panamá, publica el poemario titulado, POEMAS, que recoge su primera producción. Su poemario, Los susurros de la casa, fue publicado por la Editorial Universitaria, en el año 1995.  En 2012 sale a la luz el libro de ensayos Voces esenciales de la literatura panameña, inédito el libro de poesía Incorporado a la fuga y Marruecos es un telar de oro.  Sus artículos sobre literatura panameña se recogen en la revista Maga, Littera, Temas de Nuestra América y la Revista ODOS. Activista cultural, pertenece al Colectivo que organiza el Festival Internacional de Poesía Penonomé en abril.  Actualmente dirige la Editorial Universitaria Carlos Manuel Gasteazoro. Los poemas selecciones pertenecen a su libro Del recetario extraviado de mi Madre (2020).
 
 
Inicialmente
 
al recuerdo de mi Padre
 
 
En las cocinas que tuvo mi madre
siempre un dulce aroma
sufragaba el hambre de todos
a cualquier hora.
De aquella cocina de mi infancia primera
solo logro recordar
los olores del maíz, la miel y el café
y de vez en cuando
un súbito tufo de sangre
adherido en las paredes de barro de la casa vieja.
Por dos escalones
que quedaban al descubierto cuando se abría la puerta
llamado puesto del quicio
se bajaba al mundo de las fumaradas.
Asombro en los ojos de niños al mirar
colgado de un lado
algún racimo de plátano
del otro lado
algo de carne abrasada por el sol
y en muchos bultos
aquellos granos maravillosos
que se cocían invariablemente a fuego lento,
en la mágica trinca adoquinada.
Del recetario extraviado 10 de mi madre
Un taburete inclinado en espera
una banqueta a los pies del brasero
y una larga fila de bejucos
aliñados en desorden
para enseñar orden.
Por el espacio que dejaba entrar algo del sol de la tarde
un capote y un sombrero.
La montura se percibía a lo lejos
y un relincho de asno
nos regalaba felicidad cada cercanía de la noche
cuando llegaba mi abuelo
sobre el viejo pollino
animal mitológico en las esferas del sueño.
 

Nostalgia
 
a Doneth
 
La memoria de mi madre
es la memoria de nosotros
aquella acumulada
en los espacios de la casa paterna
donde se apostaba al juego del para siempre
o el jamás.
Es el recuerdo de quien llegó una mañana de sábado
y no se quiso ir
o de aquella
pregonera de la suerte
pitonisa de pueblo
con los últimos del domingo.
Esa bestial entrada
a la fugacidad
a la fragilidad
al desamparo
nos tomó distraídos aquel sábado 18 de junio
y zahirió el rostro de la inercia
cuando se extinguió para siempre
el olor de las comidas de mi madre.
Esas reminiscencias de Ella
pertenecen a cada uno
y restablecen su camino de regreso
cada vez que mira y toca el rostro de sus hijos.
 

Abrazo para una piel cansada
 
 
A la memoria de mi abuelo Maximiliano Domínguez Corrales
Vengo de los abrazos y hacia los abrazos camino
con la luna en los poemas
y una cascada en los amaneceres.
Vengo del abrazo primero
el que me dio mi madre cuando abrí los ojos a este mundo
en el claroscuro de la vieja casa
con el olor a caraña
en el cuarto de todos
y de nadie.
Vengo del abrazo de mis abuelos
en las tardes de lluvia sin fín
cuando el olor a maní tostado
llenaba los caminos hacia la casa.
Vengo del último abrazo de mi padre
en la mañana triste de la despedida
vengo del abrazo de mis hermanos
en recorrido fugaz por la añoranza
de la infancia y la juventud.
Pero también voy hacia los abrazos que reordenan las cosas
que silencian los demonios
y que sentencian la vida.

 
Sin prisa
 
 
El olor a chispa inaugural
inundaba los rincones de la vieja casa
allá entre las sombras del corotú y el ciruelo deshojado.
Ese olor a cenizas de ayer
mezclado con el barro elaborado
acercaban la fatiga al hastío
en la hora imprudente del amanecer
cuando mi padre,
sombrero en mano
partía sin prisa en la prisa.
El aroma del café inundaba los espacios de la envejecida cocina
esperando el regreso.
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