Presentamos cinco textos del poeta ecuatoriano Marcelo Villa Navarrete. (Quito, 1981) Lector, peatón y pasajero, comensal. Gasta los megas en YouTube y a veces en Duolingo. Tiene un diario en formato .docx, y algunas carpetas con textos dispersos. Los epubs sí los tiene ordenaditos. Publicó una vez y hasta el momento ha reincidido dos veces más. Las criaturas en orden de (des)aparición se llaman: Brújula de polvo, Persistencia del árbol y Al sur de la noche. El género es lo que por convención se suele llamar poesía. Vivió en Pambachupa, La Primavera, La Magdalena Alta y actualmente en Barrionuevo. Si se googlea el nombre del autor seguramente aparecerá menos información que la incluida en este párrafo.
 
 
 
Andenes
 
 
A veces se ocultan mis pasos en las arrugas de la ciudad.
 
Es preciso mirar por una rendija para no enceguecerse.
 
No hay vereda contraria, solo esta tentación de seguir siendo sobre el asfalto húmedo, entre monedas que se evaporan y distorsionan las escaleras.
 
La saliva es la herida recurrente, erige el polvo, moldea el hambre.
 
Ya no el grito, no acampar en nombres hechos para el olvido, no derramar las vendas en el rincón.
 
Subo por los renglones apócrifos, encuentro al gigante que no fui, balbuceo en su regazo.
 
Las canciones construyen andenes para demorar el retorno.
 
Fueron ondas en el pozo, huellas acompasadas, silencios en el filo de la pirotecnia.
 
Madrugada.
 
Labios que se secan en la hojarasca de los tiempos, parcelas heridas en el humo.
 
Las arterias braman, se hinchan, serán llanto de ojos cerrados en espera de la luz.
 
 
 
Fantasmagoría
 
 
No es el polvo de los adoquines rojos no es el océano carcomiendo la piel de los parlantes no es la guillotina en el umbral del silencio no son las postales descuartizadas en espuma no son los espejos que no alumbraron el vagido la plegaria y el desbordamiento no es el tránsito por escombros de catedrales no son los andenes que ensancharon la estela de aves moribundas no son los colmillos del sur entre renglones torcidos no son la honda ni el arco no es el barro de la desnudez no es la hoja del calendario que deshace el invierno.
 
 
 
Montaña
 
 
Quizás duermes. Y más allá de este miércoles la hojarasca danza luminosa. Las naranjas desembocan en el mar de tu risa. A lo lejos padre da nuevos colores a una carrocería. Todo está contigo, a pesar de los aeropuertos, las autopistas, los muros, los espejismos. A pesar del regreso compruebas que nunca saliste de los libros y la música. Han caído algunos puentes, han tapiado algunas ventanas, pero las puertas se abren a tu paso. Sigue sembrando palabras y espera recoger castillos. Cuando despiertes serás una montaña.
 
 
 
Canícula
 
 
Al cruzar el ojo metálico serás devastado por la luz. Muerde el asfalto y escucha las espaldas que se alejan irremisibles. La canícula corroe las sombras; la sangre se eleva y se desmorona intermitente, en ofrenda de quienes envejecieron sus manos y sus días para otras bodegas. Desconfía del agua que emerge del cemento si entre tus paredes se oxidan las cucharas. Abraza los postes y busca el latido del ciprés. Derrumba todas las piedras, pero aún no podrás derrumbar la piedra de tu pecho. Avanza entre ladridos, garrotes, humo. La rabia es legión y se aglomera en la plaza. Los gritos no salen en las fotografías. En una esquina dos ciegos juegan ajedrez.
 
 
 
Quito
 
 
Y el dolor una hiedra y la soledad una escalera y el sábado un plato de lentejas y todas las madres ventanas y las sábanas cilicios y los pianos taladros y el río sangre y las flores tumores y el nacer la erosión del surco de baba y esta ciudad la pesadilla primigenia y el sur la herida que regresa a lomos de ambulancias y los buses ladran y ladran mis ingles sobre el asfalto mojado de tu cintura y cada letra es otro paso ciego y beso y me arrastro y martes es marzo y un taxi a las 3 am es un caracol con los bolsillos rotos y otra noche la misma para meterme cuchillos en los oídos y recuerdo que llorabas y beber de los libros como de un espejismo y habitar los lugares como desde una postal y quererte desde lo que fuiste en mi espejo trizado.
 
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