Santa Rabia Magazine presenta una selección de poemas de la poeta venezolana Kaira Vanessa Gámez (Caracas, 1990). Licenciada en Psicología de la Universidad Católica Andrés Bello. Magíster en Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad Central de Venezuela y actual Doctoranda en Filosofía, mención Estética y Teoría del Arte en la Universidad de Chile. Ha sido profesora universitaria en el campo de la Historia de la psicología. Sus primeros poemas aparecieron en la Antología ‘Exilios y otros desarraigos’, preparada por la Revista Letralia en ocasión de sus 22 años. En esta selección adelanta tres poemas inéditos de su primer poemario, titulado “Otro silencio”. El tercer poema presentado forma parte de una plaquette muy personal en la que se encuentra trabajando; y con el último, titulado “Arrecife”, resultó finalista en el IV Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. Actualmente trabaja como psicoanalista y es fundadora y directora de la página @analisis.psi. 
 
 
Hoy
 
La voz del alba
pronuncia siempre
mi nombre de ayer.
 
 
Bisabuela
 
¿Fue tu hermana, Ezequiel?
¿Fue tu hermana quien dejó lo oscuro en mi garganta?
¿Es de ella este velo hondo hacia ninguna parte,
la penosa voz de naufragio
bajo la cama?
¿Fue en la borradura de su nombre donde comenzó mi libro?
¿De qué es madre un lugar vacío
en la memoria?
 
Escribo con las manos de la abuela
un suspiro remoto
que llora,
una región que, como yo,
no se pertenece.
María del Carmen.
Fuga inconfesable en mi persona.
Tal vez ella también
ignorara
mi nombre.
 
 
Atavismo
 
 
El poema no me interroga,
soy distinta
a su encierro:
 
amarilla,
una,
nueva,
dentro.
Su rostro me sucede.
 
Lejos
muy en su celosa sombra
soy yo quien le concierno.
 
 
Aún
 
A  Λ. Γ.
 
 
Desnudo y umbrío
te erigías para mí
entre filologías desiertas.
 
Enrumbada a mi fin
manaba de tus manos
a la noche;
 
sedienta enemiga,
 
aún devora mi rostro
desbrozado
en tus pupilas.
 
 
Arrecife
 
 
 
I          
 
Profundo y descampado persiste el aposento
de trasparente memoria.
Bajo el apagado espejo del océano
su vieja sinfonía blanca
embarga mis manos foráneas.
Nuevamente soy
en aguas lustrales,
me sé intrusa,
inherente y ajena
a la improbable sala sinuosa,
al único templo                   
que guarda del eco
su orfandad interminable.
 
Se han ido los resquicios.
Sólo el acopio infinito de los astros
queda
en esta alcoba intemporal de navíos curiosos
donde, a nado detenido,
se demoran dos amantes para mirarse
como nadie puede mirarse en el reino de los seres.
 
 
II
 
Peregrinos de tierra dulce en la cumbre de lo lejano
a la que van
para perder los signos de las cosas
 que saben
 como el griego
 que son tumbas,
a solas
han desgastado los siglos
acechando la mar tranquila,
dislocados                                         como péndulos,
       a columpio entre desborde y cautiverio,
idos tras la sima del aguaje
buscando,
al descobijo del cuerpo,
otra boca que abra su remanso.
Celaje desairado,
suelo mudo.
 
Absortos,                    
voraces,                       
feroces,
desalojan el risco devastado
por sus huellas de ángeles inermes.
El asilo de una gruta silente se cierne sobre las cosas.
Del otro lado de lo cierto
huye el grito del mar y estos piratas
acuchillando la intemperie
que los hace.
 
 
III
 
Azules como el inicio
sus sombras recelosas 
vuelan entre ellos cruzando
solapas de bruma,
salen de sí
para adentrarse en el otro
a distender su distancia.
Vacíos e inmensos, no hay manera de enunciar su alianza
ni en sus ojos este pozo inhabitado
donde parte
el que mira y teje
la trama interminable de lo ajeno.
Eran prisa y ahora fiebre, gotas, relicario,
fin de lo que nadie ha sido, río,
manos y cristal innumerable,
El desmayo                            donde viajan
Uno-por-el-otro
anudando liturgias de aura ultramarina
para comulgar sin tiempo,
para revocar la secreta frontera            y urdir
esta balada de inútil nombre
bajo el polvo
de nuestras ruinas.
 
Vaciaron las horas para emular el centro.
 
 
IV
 
Figuras de sal y muerte.
Nadie les dirá que son el sueño
de mis horas de plata.
Déjenlos errar
pueden equivocarse gozosamente / confundir las imágenes del deseo espejado,[1]
cabalgar en la tesitura hadal
y menguar lanzando
la lengua enmohecida de sus labios.
Son libres de cesar,
de prolongarse en el fuego marino
y nadar
hasta la última grieta.
¿Y qué si desenlazan las sombras, si abrasan el delirio?
Que su agua los reúna,
que llenen los manglares de dioses,
que olviden el hábito gris de hacerse alguien
y caigan
hasta alojarse en palabras sin nombre
capaces de encender
el lazo inmarcesible.
 
 
V
 
Cumplido el rito
a la zaga de la pretensión quedan sus cuerpos
suspendidos,
como el tiempo,
empapados de silencio,
 
pero mi voz
que sin ser mía los inquiere,
descuida el rumor apagado de su danza,
 
a tientas                                                         la escucho
se abre paso                                             desnudándolos
 
yo sé que me presagia
 
en la última guarida que la noche
hendió para mi nombre
en estas manos embargadas.
 
 
 


[1] Juan Liscano, Pareja sin historia.
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