Juliane Angeles Hernández. (Lima, 1986) Periodista. Cursó la maestría en Escritura Creativa en la UNMSM. Dirige el portal literario leepoesia.pe. Es autora del poemario Epigrama (Hanan Harawi, 2015), sus poemas han sido publicados en las revistas Turia 127. Letras de España y Perú, La Colmena (UAEMex), la antología “Somos los que somos, poesía peruana del siglo 21” (Carretera sin sentido, 2018). Ha participado en talleres a cargo de Alessandra Tenorio, Victoria Guerrero, Carmen Ollé y Miguel Ildefonso. En 2018 fue seleccionada para el taller de poesía de Raúl Zurita en la Universidad Diego Portales. Borda y pinta acuarelas.
 
 
 
Caput
 
He traído mi cabeza hasta los árboles.
Mi cabeza
debería estar clavada en uno de esos troncos,
pero se ha caído.
Ahora es la pelota de un grupo de niños en Arequipa.
Niños de pelo negro
arrastran mi cabeza por lo verde.
Tantos años y todavía no recupero mi cabeza,
tantos años he visto crecer y morir lo verde,
tantos árboles caídos y cabezas caídas,
tantas ruinas y objetos preciosos
para que mi cabeza se vuelva a perder
entre los árboles,
y yo siga sentada mirando con deleite
a los niños
y no me atreva a quitársela.
 
 
En crecimiento
 
Se crece entre depredadores.
 
Y yo crezco como la cebolla de mi cocina
larga, solitaria y hacia arriba
crezco como esa cebolla entre papas y limones
crezco para no ser cocinada
crezco como esa cebolla moradísima
la que chupa humedad y echa raíces
 
Quiero traspasar el techo poco a poco
alargar mi estadía en el verdulero.
 
Quiero que recuerdes mi llanto
mi sustancia irritante.
 
Te romperé.
 
Intervención
 
Ahora que has vuelto
a cerrar los ojos
y no has dicho nada
he pensado mucho:
 
Mi cuerpo solo puede hacerme sentir
un animal solitario,
 
el cuerpo de una salamandra
sin cabeza
 
moviéndose
 
bajo la hojarasca,
 
que apenas vislumbras.
 
 
Crocodilia
 
Mi corazón es un cocodrilo:
corta las palabras
las sacude
las arrastra
debajo del agua.
Algunas resisten
otras se ahogan.
Así pierde sus dientes,
así se alimenta,
luego espera largas jornadas.
Cada vez son menos los animales muertos.
Dicen los otros nadadores:
ya no caza peces,
no ranas,
no insectos,
no cangrejos.
Pero después, con el sol en la orilla
vuelve,
nacen sus nuevos dientes
su mandíbula sale a la superficie
y los grandes hipopótamos abandonan el agua.
 
 
El nudo
 
Toda mi insistencia es esta aguja que hundo en el papel.
Hinco el papel hasta clavar una cabeza que no es la mía.
¿Cómo has de saber que hinco el papel en tu nombre, que ya no escribo?
Esta es mi resistencia:
ser el nudo de las manos que te tiran.
 
 
Ópera prima
 
Sabía que mancharía la sábana, pero a pesar de ello, lo hice:
Estiré mis piernas hasta el borde. Me revolqué un par de veces mientras ocurría la descarga. Ahora he respirado hondo para levantarme y admirar lo efímero de la blancura. Mi primera obra escarlata en una cama que no es mi cama. Aunque es pequeña, mi primera reacción es borrarla. ¿Por qué quiero recuperar la blancura? La blancura de la sábana ivory. Uso jabón, champúy agua. Mi lucha es contra la mancha. Contra la intensidad salida de mi cuerpo.
Me borro a mí misma. Yo soy la mancha.
 
La mancha pierde color. No es como la acuarela, que se ilumina con el agua. Mi esposo me dice «es solo una mancha». No comprende mi insistencia. Mi interés desproporcionado por la mancha. Por borrar la intensidad salida de mi cuerpo. Por desaparecerme.
 
El rojo se esparce poco a poco. Palidece, pero no desaparece. Sabía que no iba a recuperar la blancura de la sábana, y aun así lo hice: fregué reiteradas veces. Fregar cansa.
 
¿Por qué nadie te lo dice?
La blancura no existe.
 
 
 
 
 
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