Juan Pedro Abellán (Cehegín (Murcia) – España -1974). Poeta y narrador, es licenciado en Geografía e Historia, y especialidad Moderna, Contemporánea y América. Ha escrito los libros de poesía: Casa de invierno (2020), El jardín que no alumbra (2017), Máscara Santa (2016), Al sur de Manhattan (2003) y Poemas de tu boca ausente (2002) entre otros. En breves fechas anuncia nuevo libro en prosa poética bajo el título El color del tiempo no es azul, donde aborda los temas que llenan su vida, el arte, la literatura y el cine. Entre sus reconocimientos destacan los premios en España, como el Murcia Joven y Literatura Joven, o el haber sido finalista del Premio de Poesía Internacional Dionisia García. Asimismo, ha colaborado en distintas publicaciones, exposiciones de pintura y recitales. Desde hace seis años vive en Lima junto a su familia dedicado a otra de sus pasiones, la fotografía.
 
 
 
 
LA TIERRA BLANCA
 
 
Algunas veces,
desarraigado de la vida
(esa inmensa grieta en la ceniza)
evoco citas
de dudosa utilidad. O construyo
mundos y sociedades
que mucho, o nada, tienen que ver
con las actuales.
Se rigen con otras leyes. No hay reyes
ni princesas, ni sapos inmortales.
No hay esclavos
y el pueblo se alimenta
de la verdad que cultiva.
El bien y el mal existen,
porque ya quedaron definidos
en el principio de los tiempos.
Y la gente tiene fe
que terminará llegando
la primavera,
aunque el invierno dure eternamente.
 
 
JUDITH Y HOLOFERNES
 
 
Sentenciado,
con restos de fracaso en boca y manos,
tuve que huir y refugiarme
detrás de los cuadros de Caravaggio,
que tantas veces me acogieron como su igual.
Aquí trato de pintar la realidad,
con más sombras que luces,
tapiando puertas y ventanas
para que no entre el sol de tu risa
que enloquece mi cabeza.
Acaso una luna triste,
que llora desconsolada,
ilumina mis noches
donde canto mi amargura
con el lenguaje de los búhos.
Aquí, lejos de tus ojos,
de tus labios que inundaban
mi boca con mentiras,
de tus manos
hospedadas por siempre
en la espada sangrante de mi cuello.
   
Sí, aquí, lejos de tu sala de torturas,
del incienso de tus palabras,
de tus disparates y reproches
que ya eran colección,
quiero olvidarte,
manchando mi paleta de angustia,
para borrar el canon preciso de tu dicha.
Me adormeceré a la sombra
de un silencio permanente,
como si soñara profundo,
y pintaré a tientas
esta ciega realidad que me ahoga,
para que no me alcance
la luz infernal de tus ojos
ni tu risa múltiple,
como una bandada
de cálidas aves,
y crea ver de nuevo
el paraíso.
 

El SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS
 
 
No esperes mucho más de la razón,
de su brisa suave
y su perfume flotante,
porque también desgarra
y atraviesa los ojos con agujas de oro,
asiente fría tus desdichas, no se calla una,
y te condena como un faro de perdición.
Su luz a veces se encabrita.
Y es solo miseria lo que palpa
el pájaro negro o la última
sombra de la vida.
Y sientes un revuelo de alas
cuando ella se desnuda
fundiendo el viento y las palabras.
Pero por muy hermosa que te parezca,
por muy dulce que te acaricie,
no sientas deseos de abrazarla,
de probar una y otra vez sus labios divinos,
que no te inunde su mar coralino,
que tu tabla de salvación
te lleve, como el sueño,
lejos de sus aguas limpias.
 
De Máscara Santa
 
 
TINA


Tina hace un año que nos dejó, suicidándose en un hotel 
de Los Ángeles. Nunca encontraremos la respuesta. 
Llegamos tarde y vanamente la besamos en los párpados. 
No dejó nada escrito, solo esta foto entre las páginas
de su libro de poemas favorito. 
Y parece que no ha pasado el tiempo, mientras esperamos, 
en la soledad, que caiga la misma lluvia. 
Y suena el tic tac del reloj y acude inútilmente 
la luz tamizada de un atardecer vencido, la sombra de Tina, 
o sus pasos, como el aliento de su muerte. 
El eco de un disparo cruza sobre el silencio del aire
y hace un viento que agita las cortinas.
 

EVA PAGANA
 
 
Cuentan que una vez hubo
una mujer tan bella
que era exacta a una sombra.
Dedicaba la noche a devorar cielo y estrellas.
Era eterna en su penumbra
y tan hermosa como un hierro candente.
Tenía la sonrisa esdrújula
de una palabra no escrita,
la piel helada de la nieve,
y acosaba a todas sus víctimas
con la mirada anclada en sus pupilas.
Vivía sola, tocaba su soledad invirtiendo
relojes de arena. Todo el mundo la amaba
sin conocerla. Hubo incluso príncipes
que participaron en su búsqueda.
Ella era un beso en todos los mortales.
Ella se bañaba en todos los mares de la Tierra.
Ella tenía las uñas de un ave azul tropical.
Era una lágrima desconocida,
naufragada en la Vía Láctea.
Nada producía tanto amor
como sus senos de almendra ahogados en sangre.
Era como la muerte,
fría y bella como el invierno.
Era cuantos rostros la miraban.
Era el silencio de un ánfora,
agua de todas las fuentes subterráneas.
Ella sabía el secreto de la melancolía.
Era color de ocaso
y grito de plata viva salpicando nuestros ojos.
Ella galopaba en nuestros sueños
portando un arma blanca.
Era real por vocación en todos los espejos.
Ella era música prohibida y aroma de universo.
Muchos dicen que se marchó
camino de la ausencia,
ya que hace más de dos mil años
que no se sabe nada de ella.
 
De El jardín que no alumbra
 
 
Aquí, en silencio, escucho
sólidos golpes
de oscuras piedras.
 
Aquí
escupo angustia
y tengo reuma
debajo de los ojos.
 
Aquí lame mi lengua
un amasijo de días
insoportables.
 
Aquí chupo un tiempo adiposo
y hay hambre de negras sobras.
 
Aquí derramo tardes corrosivas.
 
Aquí nadie abre
la puerta de la vida.
 
 
Arrojas, como si de una píldora,
                                        la vida
al vaso innumerable
de las sombras,
 
bebiéndote la línea inmóvil de tu existencia.
 
Miras por la ventana
y la lluvia
terca
mortalmente
se desprende.
 
Trepas por el brillo irrevocable
de los ciegos.
 
 
Agarras
la tarde del cuello
y la estrangulas,
con las manos llenas
de aprisionada rabia.
Luego escribes,
en el ahogo del silencio,
con lágrimas oscuras,
la claridad de una palabra.
 
 
Deseas mucho
aligerar la vida,
fluir sobre la luz
         de los días;
estar en suspenso,
entregado, humilde,
al tibio aire, mecerte
en su ágil canto
de silencio.
 
Deseas… Y la vida,
al descuido, te asalta;
 
condenado de nuevo
a ser un residuo de sombra
en el asfalto.
 
 
                                                 De Casa de invierno



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