Santa Rabia Magazine presenta una semblanza de Juan Ojeda, poeta chimbotano indispensable de la generación del 60′, preparada dentro del marco de su 70 Aniversario en el 2014 por la Revista Científica In Crescendo de la Universidad Católica Los Ángeles de Chimbote. La semblanza incluye, como muestra de su obra, su famoso poema Soliliquio y el texto de prosa poética, acaso menos conocido, La isla. No te pierdas esta lectura y ve a bordo de la barca del talentosísimo Juan Ojeda, cuyo velamen es impelido por un aliento épico y un aleteo metafísico. [E. U]

Por: Saniel E. Lozano Alvarado *


CHIMBOTE, LA ESCUELA Y EL COLEGIO

Los arequipeños Víctor Ojeda Chávez y Josefina Ojeda Díaz, padres de once hijos, se establecieron en Chimbote como parte del movimiento migratorio que buscaba su destino en el litoral de la bahía El Ferrol, cuyo signo emblemático es la Isla Blanca. Juan fue el noveno. La familia era bastante numerosa y había que alimentar a todos. Chimbote era el destino natural. Contemplando el mar y el horizonte, el eterno vaivén de las olas, hurgando en la hondura insondable de las aguas todavía límpidas en la bahía, el pequeño fue modelando su espíritu retraído e introspectivo. ¡Qué historias poblarían su imaginación cada vez que su padre, por las tardes, retornaba de la faena cotidiana! Desde entonces el mar y sus navegantes constituyen un tema recurrente en sus meditaciones y en su poesía.
 
Comenzó sus estudios primarios en la Escuela 313, y los concluyó en 1956; al año siguiente empezó la secundaria en el Colegio Nacional “San Pedro”, el plantel emblemático del puerto, que empezó siendo mixto y que funcionaba en el jirón Alfonso Ugarte, en un local particular perteneciente a los Arias Olivera. Era un local precario: paredes de adobe, techos de quincha y el piso del patio de tierra. Allí era participante obligado en las actuaciones cívicas y culturales. Era alumno de notable aprovechamiento académico, ávido lector y de fácil y convincente oratoria. Egresó en 1961. Era serio, meditabundo, apartado de los juegos a la hora del recreo, admirable intelectual, reconocido por sus maestros: Ampelio Sagástegui, Julio Orrillo del Aguila, Marco Tulio Sánchez… Al año siguiente recién el colegio se trasladó a su actual local del barrio Miramar.

LIMA, LA HORRIBLE…
 
En 1962 ingresó a la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para estudiar filosofía, al mismo tiempo que estudiaba pintura y escultura en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Rápido formó parte del grupo de los aún adolescentes y jóvenes que exploraban sus inquietudes filosóficas y literarias. Allí alterna con Danilo Sánchez Lihón, Cesáreo Martínez, Jesús Cabel Moscoso, Benjamín Torres Salcedo. Eran los años en que desfilaban ante sus inquietudes los títulos y páginas de Rimbaud, Novalis, Shopenhauer, Heidegguer, Nietzche, que comenzaron a poblar su universo intelectual. En Lima integró el Grupo “Piélago”, cuya revista publicó sus primeros poemas.
 
La década del 60 es clave y divide a la sociedad moderna en un antes y un después. Es la década de las guerrillas de Lucho de la Puente. Recién ha empezado a trajinar la experiencia socialista o comunista de Cuba. No se puede ser neutral, sino a favor o en contra. Los viernes por la noche se celebran las tertulias literarias en la casona sanmarquina y allí Juan Ojeda estaba puntual, animando la reunión con sus versos, su oratoria y sus conversaciones. En 1963 brota en el papel su poemario primigenio: “Ardiente sombra”, inspirado y editado en homenaje al aeda guerrillero Javier Heraud:
 
Ay, Javier,
si vieras
como escarbo en el aire
buscando inútilmente
tu presencia.
 
Dos años después obtiene una mención honrosa en el Concurso Poeta Joven del Perú, que anima en Trujillo el poeta y promotor cultural Marco Antonio Corcuera y sus Cuadernos Trimestrales de Poesía. Su extenso trabajo “Elogio de los navegantes” no ha alcanzado el primer lugar. Ojeda no queda conforme con el fallo del jurado y empieza a radicalizar su rebeldía. Se entrega plenamente a la poesía, su quehacer primordial, alimentado de lecturas vastas y profundas. Y también de bohemia, que incluso lo apartaba del hogar durante varios
días, al término de los cuales tornaba sobrio o todavía ebrio, pero por lo menos, calmando la angustia y preocupación de la familia ante sus frecuentes desapariciones. El meditaba, sufría, se nutría de la amistad de los amigos que participaban de sus penas y silencios. No tenía otros apremios, pues poco le interesó el bienestar económico. La vida era el ser, el conocer, el comprender la existencia, resolver angustias y problemas…
 
POR LOS CAMINOS DE LATINOAMÉRICA
 
Lima empezó a quedar corta, estrecha, insoportable. Había que recorrer otros caminos, otros pueblos, otras ciudades y naciones… especialmente si los pasos se dirigen a Europa, París. En 1967 emprende la ruta del Amazonas rumbo a otros países latinoamericanos: El 4 de abril está en Colombia; el 25 del mismo mes en Brasil; el 6 de julio, en Argentina; el 17 en La Paz…
 
En realidad, nunca avisa o comunica sobre sus viajes y retornos. Cualquier día desaparece de la casa y del círculo de sus amigos; y si no está es porque ha viajado y también regresa cualquier día, tampoco sin avisar. Tiene el ansia incontenible de viajar, de vivir, y el tiempo parece que se le acaba.
 
En 1971 recorre varios países de Centroamérica, especialmente Panamá, donde desarrolla una activa e intensa actividad cultural sustentando conferencias auspiciadas por el Instituto de Cultura y Deportes de ese país. El 5 de agosto expone la conferencia “Antecedentes y desarrollo de la poesía en el Perú” en el Instituto Panameño de Arte; al día siguiente desarrolla la charla “La narrativa peruana” en el paraninfo de la Universidad de Panamá y lee la disertación “Antología de la poesía peruana” en el local de la Federación Sindical de Trabajadores de la República de Panamá”. En ese país conoce y establece amistad con el poeta y narrador José Manuel Gutiérrez Sousa, después radicado en Madrid y tan aventurero como el peruano. En el mismo país, Ojeda recibe el reconocimiento de la juventud militante de las letras integrada en el Movimiento Nacional de los Mártires de enero de 1964”. La actividad del chimbotano es intensa, fecunda e inagotable; y no sigue una escuela específica. Decididamente es un inconforme e iconoclasta. Es un buscador de la verdad más allá de las formas, de las imágenes y de las convenciones. Permanece en el país del canal un año (1971-1972), como antes había estado en Brasil (1967-1968). De regreso a Lima publica en “Harawi” su “Crónica de Boecio”, que posteriormente habrá de incluirse en su principal obra: “Arte de navegar”.
 
Decepcionado y desilusionado, desengañado de todo, escribe su manifiesto “Elogio de la destrucción”, en el que convoca a la descomposición de las formas y la instauración de un nuevo orden.
 
En 1973 termina imprevista y cruelmente el gobierno socialista de Salvador Allende por las fuerzas sanguinarias de Augusto Pinochet. El poeta se entrega frenéticamente al cuestionamiento del régimen dictatorial chileno. Sus ideas se plasman en “Epístola dialéctica”, cuyo subtítulo es harto explícito: “contra el fascismo latinoamericano” (1974).
 
Para tener mayor acceso al mundo de los libros ingresa a la Escuela Nacional de Bibliotecarios, donde, en compañía de amigos y compañeros, organizan diversos eventos, recitales y conversaciones sobre temas literarios. Lee a Santo Tomás, Ezra Pound, Herbert Marcusse, la revista Eco y literatura oral de los shipibos, así como libros sobre temas ocultistas y esotéricos.
 
Su producción poética, limitada o no aceptaba abiertamente, sino vista con disimulo y hasta indiferencia, no goza de mucha difusión. El poeta revisa y corrige su producción plasmada en su obra de mayor reconocimiento: “Arte de navegar”.
 
¿EXTRAVAGANTE?
 
Podía parecer excéntrico, extraño, raro; pero su comportamiento original era resultado de su manera de ver el mundo más allá y más adentro de las apariencias. Había llegado a conocer en lo profundo de las formas y de las sensaciones. Creía haber traspasado situaciones límite y convencionales; creía tener dominio de su espíritu. Por eso manifestaba con frecuencia sus deseos de elevarse, levitar, volar… En cierta ocasión, reunido con sus amigos en el tercer piso de una vivienda, de pronto se incorporó, se dirigió a una ventana. Dijo “Quiero volar” y, ante la sorpresa absorta de todos, hizo lo insólito e imprevisto: se lanzó al vacío. Sus amigos quisieron correr y evitar la acción, pero fue tarde. El protagonista aún puede decir “He volado”, pero las consecuencias fueron dolorosas: la cadera fracturada y enyesado por unos seis o siete meses, aunque no por eso dejó de ir a los recitales y tertulias en San Marcos.
 
En otra ocasión, mientras estaba reunido con sus amigos en una cantina de dudosa reputación se percató de que en la puerta ciertos delincuentes empezaban a amenazar y asustar a los parroquianos. ¿Qué hizo Ojeda? Los observó detenidamente, subió a una mesa y pronunció un emotivo, sugerente y persuasivo discurso sobre el significado de la vida y de la muerte. Los delincuentes lo escucharon alelados; por eso, cuando concluyó de hablar se lo llevaron con ellos, con quienes permaneció algunos días en una covacha de uno de los cerros limeños. Durante los días que alternó con ellos les recitó poemas y refirió cuentos. Se encariñaron con él; por eso lo dejaron partir con mucha pena.
 
Entregado fervientemente a la poesía, en compañía de un amigo, pretendió fundar la Casa de la Poesía en un terreno ubicado en Santa María de Nanay. Ninguno de los invitados asistió, pero el poeta permaneció allí varios días. Su amigo Javier Dávila le llevaba algo de comida y arroz algunas tardes. ¿Cómo entender esta actitud? El poeta había llegado a una comprensión cimera e incomparable de la poesía como expresión suprema, como una casa, como un templo, como todo el universo.
 
HASTA AQUÍ NOMÁS…
 
Ser incomprendido casi por todos y él mismo, incapaz de comprender el mundo, juzgando su vida sin sentido y sin respuesta, intentó suicidarse varias veces. En una de las últimas, días antes de su muerte, le dijo a su amigo: “Cesáreo, ya tengo todo preparado, en cualquier momento me quito. Parece que todos quieren que sea así”. Al amanecer del 11 de noviembre de 1974, su cuerpo fue hallado en un charco de sangre en la cuadra 23 de la avenida Arequipa:
 
Dijeron que se había arrojado a las ruedas de una camioneta como a las 3 y media de la madrugada.
 
Su poesía publicada comprende los títulos: “Ardiente sombra” (1963) y “Elogio de los navegantes” (Cuadernos Trimestrales de Poesía, Trujillo, 1966); además dejó inéditos: “Crónica y elogios” (1963-69) y los relatos “Hombres de mar”.
 
En opinión del crítico Alberto Escobar, “En el ejercicio de Ojeda, la poesía es un método para iluminar la trama que teje el tiempo sobre la realidad, y un modo de reconstruir las perspectivas de la experiencia del individuo y de la historia. El estilo de Ojeda utiliza un registro confesional y su lenguaje se esfuerza en disolver la barrera entre conocimiento e intuición”.
 
MUESTRA
 
 
SOLILOQUIO
 
Para el que ha contemplado la duración
lo real es horrenda fábula. Sólo los desesperados,
esos que soportan una implacable soledad
horadando las cosas, podrían
develar nuestra torpe carencia,
la vana sobriedad del espíritu
cuando nos asalta el temor
de un mundo ajeno a los sentidos.
Qué esperarías, agotado de ti
o una estéril música,
cuyo resplandor al abismarse te anonadaría.
Pero tú yaces oculto o simulas alejarte
de lo que, en verdad, es tu único misterio:
en la noble morada de la realidad
nutres un sentido más hondo,
del que ya ha cesado todo vestigio humano.
Y destruyes el reino de lo innombrable,
que en ti mismo habita.
 
¿Qué esperarías? ¿Sólo madurar, descendiendo,
en una materia más huraña que el polvo?
 
Nada hay en los dominios frescos
del sueño o la vigilia.
 
        Así
he considerado con indiferencia mi vida,
y ya debemos marcharnos.
 
En: Eleusis, Gárgola, 2, s/p.
 
 
 
LA ISLA
 
I’m maked to the bone
Theodore Roethke
 
Encorvado en el broquel de piedra la playa, bruñida en la luz malva leonada no encuentra maneras para hurtarse del miedo, fatigado por el sentimiento de estar muerto. Cerca al muro, la calle desierta; el silencio y el aire estancados. Desespera, como si comprimieran su mente. No sabe por qué está allí, reseco y agarrotado. El frágil viento de la tarde disipa la pestilencia que aflora de las viejas casas de madera. Ahora la cabeza se mueve con gran lentitud. Abajo, el acantilado rojizo y mudo, sólo el vaho salado del mar asciende confundido en la neblina. Lleva un espejo diminuto y ridículo; en una brusca sacudida se desprende un destello débil. Lo sigo desde aquí, ceñudo y casi con malicia. Desconoce el recinto secreto donde estoy observando. Una tensión muy intensa desgarra sus gestos, acomodo en pacientes pliegues los párpados avejentados. Continúa tumbado en la tapia, mirando fijamente el océano de un morado sucio, persiguiendo el graznido diáfano de los albatros que se dejan ir en el aire inmóvil y seco. Hubiera deseado olvidar la trabajada sombra que proyecta el cuerpo, soltándose en trozos desiguales, al inscribirse en el pretil, falsificando una estatua de niebla cortada en la base por el color nítido de la escollera. El parapeto comunica con un lugar cerrado, algunos ladrillos y montículos de cemento o argamasa sugieren labores de edificación. La distancia entre las barracas y el cordón de la calzada, siendo exigua simula en la fatiga una lejanía laboriosa. Despojado de la memoria, el fervor que dilacera un terror más arduo que la sensación del tiempo, oprime la perspectiva en una ilusión detenida. Es probable que el comienzo de la pared, cuyo flanco derecho, a medio construir, soporta unas calaminas
inundadas en halos violetas, sea el nudo de sus percepciones. Flotando como en un sueño, la isla está incomunicada. La conjunción de las casuchas, pequeñas al fondo, y la bóveda quieta que rebrilla, forman una trenza compacta en el costillar de ladrillos de la construcción nueva. Más allá, aguas interminables. La isla es un espacio deshabitado. Se percibe como un rumor o un estallido de la memoria que se deteriora. El presente inmoviliza ese turbio vértice que ahora es de una ansiedad intolerable. Al agitarse, conjeturo que el mundo exterior yace en la certeza que posee el cuerpo. Impresión de que alguien –no descubro más indicios que estas imprudentes presunciones- está urdido dentro de él. Pasa chillando una gaviota como un demonio. No puede salir de esa semioscuridad de la mente. Todavía aplica una atención poderosa, pero sucede como si estuviera separado de la realidad por una gran campana de vidrio. Ahora se aparta del muro. La inmensa ausencia ha castigado la agilidad de sus movimientos. En el cuello le cuelga una cicatriz muy brillante, tal vez una llaga viva. Está muriendo. Va hasta el promontorio que mira al acantilado; sus pasos tienen algo de mecánico y perverso. Se incorpora, y veo el rostro vacío. Una máscara de plástico recocida. Entonces entiendo: es ciego. Empastado sobre sí mismo –como los muertos- inaccesible al sueño fraudulento de los seres humanos. Ahí el tiempo hiede en un ardor vertiginoso. Ya no podrá regresar. Sospecho el espejo fragmentado en pedazos, y mientras me alejo del acantilado, trepando a tientas el promontorio, recojo la mano áspera sobre mi cuello. La llaga se está cerrando. Quizá es de noche, porque no escucho sino el graznido de los albatros en alguna parte de la isla.
 
***
 
El hombre, protegido por la oscuridad cárdena, desapareció como renqueando entre los cobertizos arrojados, mustios y solos, en la calle. Olor de cenizas y salmuera. El aire vinoso era más fresco; en el fondo del acantilado, el agua yacía desgarrada en las estrías de los arrecifes. Una dócil mano se arrastraba, arrastraba los guijarros de la playa en un ocio diligente y fino.
 
En: Tarea. N° 4, Lima (junio, 1981), p. 43.


* Profesor de la Universidad Privada Antenor Orrego, de Trujillo. Editor científico de In Crescendo.
 
EXTRAÍDO DE REVISTA IN CRESCENDO VOL. 5 N°2: PP. 305-312, 2014, UNIVERSIDAD CATÓLICA LOS ÁNGELES DE CHIMBOTE, 2014. | SELECCIÓN DE ELÍ URBINA PARA SANTA RABIA MAGAZINE, 2020.
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