Jennifer Rojas González es una escritora y poeta en formación, oriunda de Palmares, Costa Rica. Nació el 07 de mayo de 1997. Es egresada de Bachillerato Internacional. Actualmente cursa la carrera Bachillerato en la Enseñanza del Castellano y la Literatura en la Universidad de Costa Rica (UCR). En 2015 obtuvo el tercer premio del Concurso Intercolegial de Escritura organizado por la Universidad Latina y la Academia Centroamérica. Desde el 2016 comienza a asistir a talleres literarios en la Casa Cultural Costa Rica. Su formación en el ámbito cultural y literario incluye varios certificados de participación, entre ellos: La Poeteca: Taller de sensibilidades creativas (Universidad San Carlos de Guatemala, 2018), Literatura y Memoria: Chile a 45 años del golpe militar (UCR, 2018), Introducción a las Teorías Feministas (Universidad Abierta de Chile, 2019), Mujeres Poetas en el País de las Nubes (Centro de Estudios de la Cultura Mixteca, Oaxaca, México, 2019). Es cofundadora del Taller Literario Círculo Inguz, un proyecto dirigido a estudiantes de la UCR, Sede Occidente (2019). Ha sido publicada en varias ocasiones: revista Las Brujas de la Comuna Maga (Costa Rica, 2018), revista Comelibros (Costa Rica, 2019), antología Mujeres Poetas en el País de las Nubes, XXVI Encuentro Internacional (Oaxaca, México, 2019), antología Coordenadas de voces femeninas XI (México, 2020), antología digital Nueva Poesía Costarricense (Costa Rica, 2020) y Los Gritos de Medea: Violencia de Género en la Poesía Feminista Costarricense (Costa Rica, 2021) y Revista Kametsa (Perú, 2021). Recientemente ganó el Concurso de Poesía “Con una palabra puedo alcanzarte” organizado por la Universidad de Costa Rica (2020). Además, es miembro de la Unión Hispanomundial de Escritores en Costa Rica y cofundadora del Recital Poético “Alas en verso” en conmemoración al natalicio del poeta Jorge Debravo.
 
 
El crimen de la vista
 
 “Dicen que cuando a un silencio le caminan verbos,
otros mil agonizan
volviéndose azúcar en el desierto”
 
Es sagrado adobar almas 
con el consomé del tiempo…
para morir en otro cielo
sin cruces invertidas
que esculpen mandamientos.
 
Es delito, mas no pecado
multiplicar las cifras de Salem
en las venas de los no nacidos…
                                                   incendios de mármol.
 
Es ley del Vaticano
disfrazar al frío de seda
para cercenar pestañas
que aún no les llueven ojos.
 
Es pan de cada día
arrancarse las pupilas
para inventar diluvios…
en la garganta de los niños…
                                            marinados con sed.
 
 
Voces embrujadas
 
Virginia Woolf nunca dijo:
“todas necesitamos un infierno propio
y unas cuantas monedas para lanzarle a Caronte
 y reescribir la historia”
 
Las venas del mito
se recuestan en el hambre de Ailuros.
 
Los maullidos se asoman al fuego
en busca del fantasma,
sin saber que la carne…
exorcizó todos los espejos.
 
Esta sed de habitaciones propias
sin partos de cenizas
se topa con la palabra
                                 que se disfraza de ventana…
para renacer… 
                    entre los caudales del himen…
                                                                       y volvernos paraíso.
   
 
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa
 
 
Luna ahogada de ciclo infinito.
Que se hunda en la conciencia la sangre femenina de inocente aliento.
 
Alas que burbujean en el fuego asesino de un hombre o quizá dos, tres…
Miles de malditos.
Que arda la muerte y el mundo se desgarre de tajo.
Pido que se vierta en la marea la fuerza casi ausente.
 
Silencio enclaustrado entre la espada del amor y la pared de la manipulación.
Que las voces ancestralmente enterradas hablen y exijan haber sido las últimas.
 
Piedras de amaranto y piel fantasma.
Que renazcan, a la derecha del padre, mis huesos lanzados a un jardín incierto.
 
Ruego a todos los ángeles, a los santos y a los no tan santos, que las lágrimas de mi madre despierten la empatía de la conciencia colectiva.
 
Muerte nuestra que estás en la tierra, santificada sea la búsqueda.
Aunque me encuentren y sea tarde, venga a nosotras la justicia.
 
Ruego a la santa impunidad siempre presente que se vaya y no vuelva,
para que la condena y el juicio sean para el asesino y no para la víctima.
 
Ruego… A las partículas de mi corazón reunir en la lucha más voces que griten ¡BASTA!
Pido que la sociedad se estremezca con la indignación de mil olas.
 
Creo en el llanto femenino todopoderoso,
en las que no creyeron y las que nunca hablaron.
Le pido al cielo y a la vida, a Dios y a todos,
que el ciclo infinito sea de lucha y no se repita más la ensangrentada violencia de alas difusas.
 
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa
Por tolerar insultos, acoso e imposiciones.
Por decidir quedarme cuando debía irme.
Por mi culpa tras no ser culpable y pensar que lo era.
 
Por eso ruego a santa justicia siempre injusta,
que la muerte no me alcance y si lo hace, no muera nadie después de mí.
Que se suicide la agresión sistemática que ha pecado mucho…
Pido orillarla al vacío, para que se lance a tientas y sin acompañante.
 
Suplico que el final de los tiempos desplume las ideas patriarcales
que he querido vomitar… Desde que las conocí.
Pido la rendición de esas creencias en las que nunca creí,
exijo que no sean más la condena de mi mundo.
Ruego que… aunque los caminos sean angostos, los tiempos más fríos y el miedo más insistente, ya no me pase nada al salir a la calle.
 
Suplico que las palabras ya no me fulminen, desaparezcan las miradas de desconocidos
a quienes no quiero conocer.
Tampoco quiero que me digan si me veo bien o mal
ni me respondan lo que nunca les he preguntado.
 
Ruego no tener que pedirle permiso a mi esposo y perdón a Dios.
Ruego no verme obligada a pedir el respeto que merezco y recibirlo de todas maneras.
Sobre todo, ruego dejar de rogar y que se termine el: “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
 
 
Labrando la reinvención
 
Baba Yaga habita en el bosque de los condenados,
devora a los ladrones de infancia
y vomita los falos de perversos
                                                que nadie querría comerse.
 
Baba Yaga me da uno de sus cráneos
para que florezca otra bruja caníbal
en cada hogar hecho cárcel
con las manos del juramento.
 
En el seno de la cabaña
desconocen por qué invocar a Baba Yaga…
 
“Para que su hambre olfatee los testículos
y se beba la carne
de todos estos blasfemos
forjadores de moradas fantasmas”.
—Dijo el caldero de voces…
como quien esculpe la purificación del mito.
 
 
Masturba al pecado
 
Mi palabra te lleva y te trae. En el misterio del uno y del cero,
danzo para vos
este canto de gozo cibernético.
 
Gioconda Belli
 
Ella se desnuda de espaldas a lo impuesto
Recubre la ventana, pone seguro a la puerta,
se antoja de sí misma
Perversa se entrega sobre la sábana,
deseándose más que antes suspira.
 
Se acaricia implorando cataratas de sexo,
masajea sus pezones
de excitación dispar
Encandila sus senos,
continúa sedienta…
arde y se estremece.
 
Divisa el orgasmo lejano,
lo busca…
 
Con anhelo de éxtasis
coloca una almohada en su entrepierna,
separa los muslos,
estruja la pelvis contra su aliada
y al fin se mece insaciable.
 
Bailarina en el pecado,
suda su compostura,
su clítoris se eriza.
Mil y un espasmos la hacen vibrar.
 
Su vagina brinda con vino
como una orquídea al rocío
que alza la copa del clímax.            
 
 
 
 
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