Jaiko Aquilino Jiménez Caín (1994). Licenciado en Comunicación Ejecutiva Bilingüe por la Universidad Tecnológica de Panamá y Magister en Docencia Superior por ISAE Universidad. Obtuvo el primer lugar en el Concurso Universitario de Poesía 2016, convocado por la universidad de Panamá, con su poemario Versos contra el olvido. En el 2015 sus trabajos Versos de la casa de la infancia y Sentir de un hombre común fueron premiados en el concurso nacional de poesía León. A. Soto. En el 2017 publica su primer libro de poemas llamado ‘’Dos edades en la biografía de un hombre común’’. En el 2018 publica “Contra el olvido” con el respaldo editorial de la chifurnia, El Salvador. En el 2019 gana el concurso nacional de poesía joven Gustavo Batista Cedeño con su obra “Vagando entre oscuros laberintos”.
 
5 POEMAS DEL LIBRO:
“DOS EDADES EN LA BIOGRAFÍA DE UN HOMBRE COMÚN”
PUBLICADO EN PANAMÁ, 2017.
 
 
POEMA XVI
 
 
La ineludible angustia de saberse,
la nostalgia de sentirse,
de encontrarse,
de ver su sombra,
la imagen mustia en el espejo.
 
El alto precio de saberse,
todo este estar,
este ser,
este aquí y ahora,
toda esta carne es un castigo,
este pesar con sus alas de cuervo,
presencias inquietantes poblando la noche,
invitación a la locura.
 
Me cubren los mantos del agua más turbia,
del agua que corre hacía la ausencia.
 
El perro ladra y el ladrido se pierde,
el ave canta y su canto se pierde,
la flor florece y sus pétalos caen, se pierden,
y  yo me sé, me nombro
y no me pierdo.
 
Qué triste es encontrarme cada día,
y saberme ahí,
habitado por mí tantas veces,
harto de mí,
preñado de mí,
lleno de todos los que soy.
 
 
POEMA XX
 
 
Devuélvanme la voz,
los zapatos,
la sola mirada con la que a veces creía poder alcanzar a los pájaros de la libertad,
y las manos, la ilusión del tacto, de la cercanía.
 
No cabe aquí otro silencio.
 
Empiezan a brotar quejidos como lava,
saltan desde la otra parte de mí y todos corren.
 
Es la hora de escapar,
la hora de los prófugos.
 
Las cárceles se han desvanecido,
y el juicio y el poco orden que quedaba.
 
También ha volado la última esperanza que hace solo un momento poblaba los bordes
y me invitaba a la inserción en lo gregario.
 
¿Dónde estás?
¿También tú te has embarcado mientras dormía?
 
Te has ido sin decir adiós, ni a dónde, ni buena suerte,
ni hasta luego.
 
Busco una puerta que se abra a alguna parte;
entrar o salir, qué importa,
no quiero perecer aquí.
 
No quiero podrirme en la inmovilidad, la impotencia;
no quiero morir a la orilla del encuentro.
 
No, no quiero.
 
Tan solo busco luz,
abrir los ojos y sufrir su incandescencia,
reconocerme allí en frente de mi sombra.
 
Y a cada yo,
y a cada porción de lo palpable.
 
 
POEMA XXII
 
No he de caer.
 
Allá en el fondo hay bocas que esperan por mí.
 
Desesperadas me reclaman para su hambre.
 
Es la hora de huir,
la hora de la única partida,
de salir volando en una nube triste.
 
Se han acabado las treguas,
he visto perderse en el horizonte la última piedad,
el cuerpo marcha a la dureza del sepulcro,
y la noche se ha bebido la última esperanza.
 
No, no he de caer.
 
Mi cuerpo demolido no soporta ni la brisa más liviana,
cualquier caricia ha de lastimar mi carne, mis huesos;
la mirada más tierna me hace trizas.
 
Quiero vivir, quiero disgregarme entre los matorrales,
habitar entre las fieras,
rajar el cielo cual relámpago en bifurcación,
brotar a la hora del silencio, una vez más,
conocerme y reconocerme.
 
No quiero ser más la sombra de mi sombra,
la hoja errante que seca se pierde en el anonimato.
 
Abrir esa puerta quiero, quiero palpar,
quiero ser un poco más que nada,
 y quiero.
 
No, no he de caer.
 
He de ocultar la piedra que soy,
el ave que soy, la risa que soy,
la lluvia que soy.
 
Me he de salvar por vez primera,
permaneceré oculto
detrás de este cuerpo ajeno,
detrás de esta piel ajena,
de este dolor ajeno,
sufrido por el otro yo que soy,
y por mí.
 
Pero no he de caer.
 
En el momento más absurdo
abriré las alas de par en par,
a la hora en que el verdugo duerme,
y volaré como lo hace un poema,
hacia el lugar del encuentro,
de la comunión del cuerpo con su sombra.
 
 
 
POEMA XXIII
 
 
El hombre que no soy me llama,
escucho su voz,
sonidos sórdidos como plegarias
emergen de los féretros del ser.
 
Creo que busca una respuesta,
algo que busco yo también.
 
Abro la puerta,
¿encuentro?
 
Me mira con esos ojos de tiempo añejo en toneles secos,
con esa mirada que se apaga.
 
Afuera llueve,
como siempre,
y nos vamos borrando,
todo se borra,
irremisiblemente,
como un dibujo hecho a tiza
sobre una pared
construida por los otros.
 
Nos aferramos a las sombras,
a esos hilos de nada,
y, afuera, todo cae, sigue cayendo,
lo dije, ya lo sé.
 
No se siente la noche,
ni el frío, ni el miedo,
todo se ha ido,
ineludible angustia,
moradas vacías;
incluso yo
me he ido.
 
 
POEMA XXXVII
 
Entero mi cuerpo es una tumba,
un féretro dentro del cual estoy yo
tristemente despojado de mí.
 
Muerto, bien muerto,
bastante muerto ya desde hace mucho,
muerto ya de olvido, de polvo y de ceniza, muerte.
 
Nadie se incomoda al escuchar mi nombre;
los muertos ya están muertos,
ya no dicen, no molestan.
 
No dicen préstame un dólar,
pásame aquel libro,
qué tal me veo.
 
No dicen tengo hambre,
tengo frío, quiero un cigarro.
 
He conocido la muerte de a de veras,
y no hay más que hacer,
demasiado tarde para siempre,
para siempre demasiado tarde.
 
Todo yo me he vuelto ausencia,
todo yo me fui.
 
Muerto, bastante muerto y enterrado,
con mi camisa de flores,
lágrimas,
elogios.
 
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