Iris Mónica Vargas creció en Bajuras, un humilde barrio en las montañas del norte de Puerto Rico, y estudió toda su vida en las escuelas públicas del país. Alguna vez, sin embargo, logró estudiar galaxias elíptocas en el Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics, formó diamantes en la Universidad de Puerto Rico (Río Piedras, Puerto Rico), y aprendió acerca de la gravedad y sus travesuras en el Massachusetts Institute of Technology (Cambridge, Massachusetts). Su vida es un malabarismo con la literatura y la ciencia. Cuesta calma infinita y muchas derrotas, pero así es feliz.



Año viejo 
 
 
Avanza las piruetas el resorte. 
El muelle se ha enroscado las veces suficientes.
Las ruedas descomponen la memoria, y las agujas
consultan la hora en una esfera.
 
—Esta noche no hay fuegos artificiales—
 
La Torre Eiffel yace encendida pero sola; 
Hemos visto caer la pelota de Times Square
hacia al vacío.
 
Detrás de la ventana, contemplamos las luces 
en el horizonte, y no nos parecemos.
Besamos por encima de una membrana torpe
y flaca. El viento aúlla en silencio.
 
Alguna vez muy cerca, 
no fue de fibra óptica el abrazo.
 
¿Qué hacer con lo que apenas descubrimos?
Esa distancia íntima entre el fósforo y la pólvora.
 
[Inserta aquí un emoji 
de nerviosa y terca esperanza.]
 
 
 
Y sin embargo, sabes
 
 
Entonces, el silencio.
Tu mano cierra el libro
y te preguntas
 
Cuánta hermosura serás capaz
de convocar, y al fin, 
qué hacer con ella
 
      Las palabras se desplazan contigo;
      ya no las necesitas.
      Las uvas han crecido.
     
      Hay cosas que no puedes recordar,
      cosas que aún no sabes 
      si eres capaz de amar.
 
Y luego, un ruego urgente.
Que un lápiz no haya escrito
lo que ahora has descubierto.
El miedo de que el miedo 
no te haya destinado ya 
al silencio.
 
Lo hermoso puede serlo
aun cuando no te pertenezca.
   
 
Es todo la misma tontería
 
 
Un poema es un álbum de fotografías.
Igual, es una colección de cosas 
que agrupa soledad:
 
Un vértigo fruncido 
a la cabeza.
Una ironía asolada.
Un pájaro en un vientre,
o la deformidad más voluptuosa
que bien querría volar.
 
Algunos pueden. Yo no puedo 
intentar siquiera ser poeta 
cuando no estoy escribiendo.
 
¿Tú crees que todas esas bocas
sonríen todo el tiempo?
 
Sólo se es fotografía frente 
al lente. Lo demás 
es ser repositorio de la herida, 
inerme, sin la palabra abierta. 
 
Sin las alas.
 
 
 
La hipótesis del transeúnte 
   
 
Un pájaro, lo he visto allá en el cielo
donde vuelan las ruedas.
El viento parecía burlarse.
Tú, ¡ven a volar, ven a volar! decía.
Pero el vuelo había abandonado ya
el tierno cuerpecillo regordete,
tan negro y amarillo.
Me detuve. Tomé un momento
para despedirme.
No sabía si alguien ya lo había hecho.
De pronto sorprendió una idea:
Tal vez ha sido el vuelo
—y no así el viento—
que quiso entrar de nuevo
por no acostumbrarse todavía
a verse así tan quedo y frío,
afuera, sin sus alas.
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