Santa Rabia Magazine presenta una selección de poemas de la poeta rumana Ioana Gruia (1978, Bucarest). Desde 1997 vive en Granada, donde es profesora titular de literatura comparada en la Universidad. Ha publicado las novelas El expediente Albertina (Castalia/Edhasa, 2016, premio Tiflos) y La vendedora de tiempo (Espuela de Plata, 2013, prólogo de Luis García Montero) y los libros de poemas Carrusel (Visor, 2016, premio de poesíaEmilio Alarcos) y El sol en la fruta (Renacimiento, 2011, premio Andalucía Joven de poesía). Sus poemas han sido traducidos al rumano, francés y checo. En Ecuador se ha publicado El cuerpo cítrico (El Ángel Editor, 2020), una antología de su poesía. Es también autora de los ensayos Eliot y la escritura del tiempo en la poesía española contemporánea (Visor, 2009) y La cicatriz en la literatura europea contemporánea (Renacimiento, 2015). Ha coordinado el volúmen colectivo La obra de Norman Manea. Crítica e interpretación (Editorial Universidad de Granada, 2016).Ha ganado el Premio Federico García Lorca de Cuento (Universidad de Granada) en 2007 y ha sido finalista del mismo premio en la modalidad de poesía en 2002.
 
 
 
Si tú me llamas Ioana
 
 
Si tú me llamas Ioana
con la misma voz que dice amor mío,
soy bella y luminosa,
reconozco mi cuerpo,
la casa, los objetos,
entre palabra y palabra.
Pero si dejas de llamarme Ioana
con la misma voz que dice amor mío
mi cuerpo no sabrá quién es Ioana,
me quedaré sin casa, sin objetos,
sin belleza, sin luz y sin palabras.
 
 
 
Los limones
 
 
l’odore dei limoni
EUGENIO MONTALE, “I LIMONI”
 
Ya no recuerda mucho aquel encuentro:
sólo el olor, el embriagante olor de los limones,
y el resplandor solar de sus cortezas.
El hombre dijo: nunca
                                     te dejaré.
Y nunca volvió a verlo desde entonces.
Después ella se fue lejos del pueblo.
 
Ya no le queda mucho por vivir
y siente sólo rápidos destellos
de amor, amistad, odio o compasión
hacia personas que ahora son espectros.
Pero el olor, el embriagante olor de los limones
nunca la abandonó. Cierra los ojos
y encima de su rostro ve las frutas
y el resplandor solar de sus cortezas.
 
 
 
Summertime en el Pont des Arts
 
 
Cuando sueño que voy a la deriva,
el saxo me rescata allá en el Pont des Arts.
 
Igual que esos candados de amor que hay en el puente,
tiran de mí los miedos hacia abajo.
 
Alguien toca despacio Summertime,
lo oigo desde el fondo de mi sueño.
Es verano otra vez y tú caminas
a mi encuentro en el Pont des Arts. 
Enroscado y caliente,
como un aire de jazz,
el deseo me asalta,
me arquea por encima de los miedos.
 
Nadie escapa a sus sueños,
tampoco a sus canciones.             
 
 
 
Cadáveres llegaron a la playa
 
 
Cadáveres llegaron a la playa.
 
Todo estaba tranquilo: el mar en calma,
los niños con juguetes,
los bañistas absortos en sus sueños,
en la pereza azul de los veranos,
en el golpe apacible de las olas,
en su rumor de vagas lejanías.
 
Los cuerpos irrumpieron de repente:
trozos de carne muerta, descompuesta
en medio del sopor, de la aventura
que prometía el mar.
 
Los rodearon todos:
los niños con juguetes, los bañistas,
policías y médicos movidos 
por un afán inútil de hacer algo.
 
Un niño tocó un cuerpo.
Luego empezó a llorar.
Es la primera vez que ve la muerte,
dijo su madre mientras lo alejaba.
Su llanto contagió a los otros niños,
pequeño coro de tragedia griega.
 
Negros, lustrosos como el mar, los cuerpos
sin culpa y ya sin hybris, hoy parecen
las víctimas de un turbio sacrificio.
 
Y es la playa un altar improvisado.
Pero, ¿quién ofició la ceremonia?
 
 
 
La casa poema
 
 
Me gustaría que habitaras este poema
como habitas mi vientre,
que fuera para ti una casa.
 
Que la poesía fuera tu refugio.
 
Tu madre
habla todas las lenguas
con acento extranjero
y sabe
que siempre hay algo de intemperie en los refugios,
una fragilidad que te hará fuerte.
 
Enciendo para ti la casa poema.
En los inviernos que conocerás,
ojalá te proteja y te caliente.
 
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