César Cabello (Santiago de Chile, 1976). Ha publicado Las edades del laberinto (Santiago, Piedra de Sol Ediciones, 2008), Industrias CHILE S.A. (Santiago, Piedra de Sol Ediciones, 2011),  El País Nocturno y Enemigo (Santiago, Piedra de Sol Ediciones, 2013), Lumpen (Santiago, Tacto Editorial, 2016) y Nometulafken, al otro lado del mar (Santiago, Lom Ediciones, 2017). Ha sido incluido en las antologías La memoria iluminada. Poesía mapuche contemporánea (Málaga, Cedma, 2008); Los cantos ocultos. Antología de la poesía indígena latinoamericana (Santiago, Lom, 2009); Memoria poética. Reescrituras de La Araucana (Santiago, Cuarto Propio, 2010); Escribir en la muralla. Poesía política mapuche (Buenos Aires, DLG Ediciones, 2011). En 2006 obtuvo el Premio Eduardo Anguita. En 2007, 2012, 2016 y 2019, recibió la Beca de Creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. En 2010 y 2012 se le concedió el Premio Mejores Obras Literarias de Autores Nacionales, por los libros Industrias CHILE S.A. y El País Nocturno y Enemigo. En 2020 obtuvo el primer lugar en el Premio de Poesía Nueva York Poetry Press.
 
 
Babel
 
 
Morí por el ataque de un águila.
Los cuervos enseñaron a mis padres qué hacer conmigo.
Los vistieron de luto hasta el fracaso de sus planes.
Abandonaron la ciudad a causa de la idolatría
por su hijo predilecto.
 
No sin locura, dijeron que mi cruz
fue fabricada con madera del árbol del Paraíso,
que multipliqué los panes, los peces,
las plagas, los amigos.
 
Mi madre creó el llanto; mi padre el dolor;
yo, las bocas hambrientas de deseo.
 
Hasta que vinieron otros que lloraron distinto.
Se lamentaban a su modo.
 
Fue entonces cuando la luz
entró en las grietas y en los rincones.
Tomó la forma del cáliz,
de la joya de la prostituta,
del cisne muerto.
 
El lugar del combatiente
olvidado en las trincheras.
 
El sufrimiento fue patrimonio personal e intransferible.
Hubo dolientes como naciones en el mundo.
 
Se necesitaron emisarios, institutrices,
agentes del espíritu que recorrieran el país
del aire al cuerpo,
 del cuerpo al tiempo,
      del tiempo a la ceniza.
 
Cada niño, al nacer,
era envuelto en una bandera blanca.
Su piel era la única frontera;
su lengua, el primer exilio.

 
Multitud
 
 
Escribirás de historia, no de mitos.
Al caballo alado lo dejarás pastar en la aridez de la hierba muerta.
Darás al hombre una bandera izada como un traje nuevo
y un rostro al inquilino hospedado por la marcha.
 
Pondrás tu voz al servicio de las hordas.
No la tibia sonrisa del esclavo o del rehén
que abraza a su asesino.
 
En el lenguaje de la guerra,
el mártir revive en un cadáver aún más fresco,
como un ídolo desfigurado al que no le sanan las heridas.
 
Necesitas sangre para teñir los pétalos de la rosa funeraria,
cavar trincheras en las mentes de los jóvenes
para que su patria sea un país
y no un abismo.
 
Un soldado marca su victoria en el pecho de un huérfano.
No así un rebelde, que arrastra ataúdes
hacia el coliseo del amanecer.
 
En el lenguaje de la guerra, la muerte escoge un bando,
levanta tiendas de campaña en nombre de los hechos
que consuman la derrota del más fuerte.
 
Escribirás de historia, no de mitos,
para instar a la revuelta del hombre
que acaba de nacer.
 
 
Inhumano
 
En el agua soy eso que ronda,
de pesadas gotas negras desmembradas
en arterias de la creación.
Bicéfalo de padre
y hermano de los hombres,
asesino al tiempo,
a la edad perdida de la tierra,
en su lengua y en el látigo
que levanta al cadáver
de la tumba.  
     
Soy eso que sucede mar adentro,
personero de su lápida,
sombra cadavérica
apoyada al ángel
con el pie hundido
en una poza.
 
Soy mucho más antiguo
que la muerte, pálpito de arena
o mueble inconfesable
de traidor.
 
Soy andamio de lo informe,
engranaje que sostiene al viento
en su peldaño.
 
Sin mí las cosas se derrumban,
muestran sus podridas vendas,
su raíz sin dedos,
a aquello que no sabe
y no puede morir.
 
Soy un nido atiborrado de tijeras,
dentaduras falsas, como cuernos
o clavos. 
 
Sin mí las cosas se derrumban,
retuercen sus desnudas huellas
y siguen al sol en retirada.
 
Al agua vuelvo
como sombra de lo humano,
entre aquello que no sabe
y no puede morir.
 
 
Las sagas
 
Ya no es tiempo de construir moradas,
sino ciudades,
   desdibujar los límites
de las naciones alrededor nuestro,
para incitar al toro a salir de su laberinto
y enfrentarnos con el pretexto
de la huida o de la hoguera.
 
Ya es tiempo de tomar otra vez las armas
y entrar como un rebelde en la filosofía del acero.
 
El gladiador traiciona al monarca derrotado.
Da el golpe de gracia con su tridente.
Se marcha sobre el carro que, junto al sol
o la tempestad, lo aleja
      de la arena de juegos
donde una vez creyó oír su nombre
entre las multitudes.
 
Son estas quienes le deben la educación de sus hijos,
que jugaban a imitar los destinos de la guerra.
 
Ya es tiempo de tomar otra vez las armas,
comprender que nuestro espíritu pesa más
que el rotundo acero.
 
Y entre los escombros de una ciudad
que no fue nuestra, derrocar al ídolo
refugiado en su espejismo.

Libro de las huidas y de la hoguera
 
¿Cuántas casas te confiscaron?
¿A cuántos agentes del orden probaste tu identidad?
 
La máscara que usas no es un rostro.
De fabuladores y vendedores de ensueños,
te apartaste.
Distintas penas negras
envolvieron tu corazón.
 
A tus labios no acercaste
ninguna copa que contuviera veneno.
 
Dejaste de respirar
el herrumbroso cántico de los hombres.
 
La ciudad fue presa de la huida.
La tierra entera fue presa de la desolación.
 
Al atardecer,
el ahorcado se bamboleaba
al soplo del viento.
Al amanecer,
el río, como una vena seca,
se alimentaba
de los lenguajes humanos.
 
La patria fue una desconocida.
La noche se hizo amiga del báculo y su mendigo.
 
La rueda anheló al caballo, el caballo al cochero
y el cochero al huésped que perdió su máscara
y este libro encontrado en las arenas.
 
En Él estaba escrito que olvidarías tu nombre.
En Él estaba escrito que yo tomaría tu lugar.
 
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