César Alberto Sánchez Lucero (Lima, 1985) es bachiller en Administración de Empresas, escritor y gestor cultural. Participó en la Escuela de Escritura Creativa de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es egresado del Programa de Gobernabilidad y Gerencia Política de The George Washington University y la Pontificia Universidad Católica del Perú. Tuvo a su cargo en los años 2013 y 2014 la Feria del Libro de Nuevo Chimbote y el Fondo Editorial del distrito. Fue Coordinador Nacional de Producción y Circulación del Libro de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura; Promotor Cultural de la Dirección Técnica del Sistema Nacional de Bibliotecas de la Biblioteca Nacional del Perú; Director de Comunicaciones de la Editorial Estruendomudo; Jefe de la Unidad Administrativa del Instituto de Educación Superior Pedagógico Público Chimbote y Director del Fondo Editorial Institucional. Recientemente se desempeñó como asesor cultural de la Municipalidad Distrital de Nuevo Chimbote. Escribe para diversos medios como el diario Correo y el portal La Mula. Artículos suyos han sido publicados en revistas impresas y virtuales. Es actualmente director de la plataforma de gestión sociopolíticacultural Cola de Lagartija. Las máquinas deseantes (Paracaídas Editores, 2015), su primer libro de poemas, fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Lima y en otras ciudades del Perú. En el 2014 recibió la Medalla de la Ciudad de Nuevo Chimbote por su aporte a la cultura.
 
 
Pienso en una mujer…
 
Pienso en una mujer, que pudo haber sido cualquiera, que enrostró
el número ilimitado de combinaciones que los rasgos faciales
pueden definir. Pienso, devoto, en la genética mendeliana,
en ácidos desoxirribonucleicos, en los millones de años que
tomó forjar ese rostro, a fuego lento, sin prisa. Imagino cómo te
llamaste o cómo se llamó quien precedió esos ojos, los sonidos
primigenios de tus labios, la horda que en tu sangre corre, Magdala,
que fuiste héroe o bandido en siglos pasados, víctima o
verdugo, que caíste con Constantinopla, que Antonio Pigafetta,
cronista mayor de Indias, escribió sobre ti a su paso por nuestra
América meridional, de ti o de una parte, de una forma, de un
gen que te pertenecería al fin, o tal vez no. Pregunto si estás en
algún Courbet (tu nariz me parece haberla visto en «The Bower
Meadow» de Rossetti), si has danzado al amanecer, con tambores,
vientos o cuerdas, con quién. Pienso en tus innumerables
hijos, en tus innumerables muertes, en los hombres y mujeres
que te amaron, llenos de pólvora, en quienes no te amaron, ensangrentados,
en quienes amaste una noche calurosa de Verano,
en quienes no amaste, con un filoso «¡No!», y que desde el Big
Bang, soy la última cifra de esta lista.
 
 
Anemia
 
Cada vez que ella lo recuerda, su herida sangra. Su médico le
ha recetado dejar de recordar. Tantas blusas manchadas, tantas
curaciones, tanto zurcir la carne. La mujer no aguanta más.
«No puedo», dice. Llora, se amenaza contra el espejo, invoca
al dios de la coagulación, hasta que floja y resignada se rinde
ante el cansancio. Él había vivido pasando la calle, en una casa
baja con un cerco de espinas metálicas que coronaban el techo.
Estaba hecho de arcilla e ilusión, de la materia propia de los
sueños. Todas las mañanas cruzaba la calzada rumbo al mediodía.
A contraluz se alejaba hermoso e indiferente.
 
Su amor es ahora tema clínico, junta de médicos, reunión de
hematólogos, análisis, rayos X, encefalogramas, resonancias
magnéticas, el tiempo no es lo que pasa, el tiempo es lo que
queda, murmura mientras la auscultan extrañados. Luego de
cauterizar y cerrar su piel, una vez más la dejan ir.
 
 
Cotidianidad
 
Una mujer, de entre las tantas cifradas estelarmente, recita sin
temor a equivocarse la lista del mercado. Conoce los ingredientes
que necesita para cocinar lo que la agenda del martes ordena.
Saca la cantidad casi exacta de dinero del bolsillo derecho, se lo
da a la cajera que la mira impaciente y sonríe. La mujer levanta
su bolsa, toma el cambio y sale caminando lentamente, feliz,
sin sospecha alguna de catástrofe. Sabe la hora en la que sus hijos
llegarán a almorzar, que su marido otra vez, refunfuñando
por el trabajo, se lavará las manos después de dejar el periódico
sobre la mesa chata de la entrada, se aflojará la corbata y se sentará
a la cabecera y, por lo tanto, esa certeza la deja satisfecha.
No hay nada que perturbe a la mujer, ella cocina con disciplina,
organizando el servicio sucio a un lado y los vegetales picados
en juliana en otro. Tararea una melodía popular mientras camina
entera la espaciosa cocina, sin miedo ni inquietud alguna.
Llegado el mediodía, la mujer rompe a llorar.
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