Aleyda Quevedo Rojas. Poeta, periodista, ensayista literaria y activista cultural, (Quito, Ecuador, 1972). Es coeditora de la colección digital de poesía Alfabeto del mundo cuyos libros están disponibles para descarga sin costo en: http://lacastalia.com.ve/ Ha publicado 10 libros en 5 países. “Cierta manera de la luz sobre el cuerpo” reúne casi toda su obra. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Jorge Carrera Andrade” con su libro: “Algunas rosas verdes”, editado en 1996 y reeditado por Fondo de Animal Editores en 2016. Sus poemarios “Soy mi Cuerpo” y “Jardín de Dagas” han sido traducidos al francés, y este último publicado en Francia. Ha representado a su país en los más importantes encuentros, ferias del libro y festivales internacionales de escritores en Canadá, España, México, Argentina, Colombia, Nicaragua, Puerto Rico, Perú, República Dominicana, Venezuela, Francia, Cuba, Chile, Uruguay y Brasil. Ha sido traducida al francés, inglés, hebreo, sueco, portugués e italiano. Preparó, seleccionó y prologó la antología “62 poemas penden de la transparencia” del escritor uruguayo Rafael Courtoisie, publicado en 2020, así como una docena de antologías de diversos autores de América Latina y el Caribe. Trabaja como consultora de comunicación y asesora en temas de educación superior en artes. Colabora mensualmente con la revista digital de cultura y literatura: www.vallejoandcompany.com
 
 
 
 
PADRE MÍO, mira los vientos monstruosos cuando Amor me elude y comienzo a trastornarme. Los vientos modifican los besos que daré después de él. Los vientos han hecho de mí una mujer azul, inasible, ante el paso de Amor. La cabeza llena de vientos como red de pescador en alta mar. Los castillos escarpados de mi cabello alborotado por la ira. Maldecir desde los rigores del desamor y nombrarte. Mira, estas son las maneras naturales del olvido. Líquido Amor, evaporándose por todos los instantes. Intenso trastorno sostenido, hasta la piedad. Piedad para el ligero Amor huracanado que ya no tengo. Padre mío, hágase la paz sobre mi persona.
 
 
TU RECUERDO Y YO. Lo intenso, radica en que tu alma ocupa un espacio en los labios, sobre ellos, entre, debajo del inferior y adentro del superior, por donde pasa aire, palabras, cantos e insultos. El alma en los labios ataviada de deseos. Quizá nunca lo entiendas, ni yo misma logre explicarte la compleja levedad de tu recuerdo sobre (en) mí. Otra vez es cuestión de tiempo, gradual y complejo tiempo. Todo sucede cuando el alma mía sube a los territorios húmedos: boca, sexo, ojos, nariz, axilas y me autodefino, me recreo, y reconvierto en una mujer que se aprende y desaprende desde las mucosas. Lo irremediablemente intenso fue encontrarte. Apenas para creer que todo sigue. Que no (te) (me) he ido. Que mi deseo era eso.
 
 
Voy a vestirme con
flores de filigrana y mi cabello dibujando un bosque…
Voy a llegar a ti hablando a las mismas piedras
que me escuchan desde hace noches.
Hay que destruir lo que amamos porque corta
lo intenso del silencio tuyo sobre el mío que corta, me corta.
Voy a salir a buscarte en la noche y cortarte la voz.
 
 
GEOLOGÍA
 
Deseo es mojada lengua. Posee espinas. Gránulos de limón que se diluyen en cada beso y llegan en avalanchas a la espalda y de ahí al círculo de mis rodillas. Muerdes-chupas lengua salada hasta cansar mi corazón. Es un limón explotando a través de la capa de un suspiro. Un fresno verde se agita con el final del día. Algo se esconde entre sus hojas. La geología granulosa y delicada de mi turbación por ti me saca de la pecera sucia y real. Ya no quiero salir de la cama y la egoísta que me posee evade el deseo de regresar. Muchas transformaciones tallan a una nueva egoísta que intenta atravesar los ventanales del deseo. Capas mojadas de sal definen mi nuevo cuerpo hecho de injertos de otras pieles. La egoísta se desborda. Se zambulle en las hojas del fresno. Lleva lunares en toda su piel y nada convencida de su deseo en la tensión vigorosa de aguas profundas.
 
 
ORILLA
 
 
Él me bebió. Fue una noche en la que decidimos quedarnos en la orilla. La intensidad es tres segundos y de allí nunca más se desata el magnetismo. No hacía falta que el océano me tocara con su perfección, o me humedeciera con el magnesio de sus besos y la sal granulada de sus ojos. Él solamente me miró y de allí hasta el ensimismamiento fueron fracciones de luz y devoción obsesa. Hay un mar de locura, estoy dentro. ¡Existe! Por dios que sí.
 
 
 
 

 
 
 
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